Un federal arrogante golpeó a un campesino callado, creyéndolo indefenso. Era Pancho Villa disfrazado. Ese puñetazo desató una justicia implacable que le arrebataría todo. Poder, honor y miedo. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos.

Felipe Ángeles, el estratega de ojos serenos y mente afilada como navaja, se sentó cerca del fuego. Pablo López y Manuel Chao completaron el círculo. Todos miraron el rostro hinchado de Villa sin hacer preguntas. Ya llegarían las respuestas. Ese federal valdés comenzó villa y el solo nombre hizo que varios escupieran al suelo.

No es solo un oficial corrupto, es el símbolo de todo lo que está podrido en este gobierno. Roba tierras, extorsiona, se lleva a las muchachas, desaparece hombres y lo hace protegido por ese uniforme que ni siquiera se ganó con honor. Felipe Ángeles se inclinó hacia delante, las manos entrelazadas. ¿Cuál es el plan, general? Primero le cortamos el dinero, respondió Villa. Sin recursos.

No puede mantener a sus hombres contentos. Sin hombres contentos se queda solo. Y un tirano solo no es nada. En los días siguientes, Villa puso en marcha su estrategia. Había que desmontar el sistema que sostenía a Valdés, pieza por pieza, como quien desarma un rifle viejo. El primer objetivo, los convoyes de suministros que alimentaban el cuartel.

Un joven soldado federal, cansado de pasar hambre mientras sus superiores engordaban, aceptó algunas monedas y la promesa de protección futura. Le temblaban las manos cuando se reunió con Villa en una cueva apartada. Pero el miedo al castigo fue menor que el cansancio de servir a un corrupto.

“Los suministros llegan cada 10 días, mi general”, susurró el soldado, mirando por encima del hombro como si Valdés pudiera aparecer de la nada. “Trae maíz, frijol, carne seca, pólvora y oro, mucho oro. Pasan por el cañón del águila al amanecer, cuando la bruma todavía cubre la tierra. ¿Cuántos hombres de escolta! 15, 20, pero la mitad apenas saben disparar.

Son muchachos reclutados a la fuerza que prefieren estar en sus ranchos que cuidando el oro del teniente. Villa asintió despacio, los ojos entrecerrados pensando en distancias, horarios, emboscadas. Bien, ahora vete y no vuelvas al cuartel hasta que yo te mande llamar. Tienes mi palabra de que estarás a salvo. El soldado se fue más ligero de lo que llegó, como si hubiera descargado un peso que llevaba meses cargando en la espalda.

La madrugada del décimo día, cuando la bruma reptaba entre las rocas y el sol apenas pintaba de rosa el horizonte lejano, los dorados de villa cerraron el paso en el cañón del águila. Fierro dirigió el corte de los rieles del tren de carga y en cuestión de minutos los vagones quedaron atrapados entre paredes de piedra.

Los soldados de escolta, sorprendidos y malarmados, miraron alrededor buscando salida. No la había. Villa salió de entre las rocas, montado en su caballo oscuro, el rostro cubierto con un pañuelo, pero los ojos inconfundibles. Los federales reconocieron de inmediato quién era y varios dejaron caer las armas antes de que nadie disparara.

“No pelearemos contra ustedes”, gritó Villa, la voz resonando entre las piedras. No son nuestros enemigos. Ustedes también son hijos del pueblo, obligados a vestir esa farda. Dejen las armas y váyanse. Pero lleven un mensaje al teniente Valdés, que sepa que lo que roba al pueblo, el pueblo lo recupera. Los soldados se miraron entre ellos. Algunos eran apenas muchachos de 16, 17 años.