Un federal arrogante golpeó a un campesino callado, creyéndolo indefenso. Era Pancho Villa disfrazado. Ese puñetazo desató una justicia implacable que le arrebataría todo. Poder, honor y miedo. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos.

Adentro olía a orines, a miedo viejo, a humanidad encerrada. Las celdas de adobe tenían barrotes oxidados y candados que rechinaban. En una, un viejo maestro que había denunciado el abuso de impuestos dormitaba sentado contra la pared. En otra tres campesinos acusados de rebelión por negarse a entregar sus cosechas.

Y en la última, el hermano de Mateo, el joven campesino que había contado su historia en la cantina. Estaba flaco como perro callejero, la barba crecida, los ojos hundidos, pero vivo. Las llaves pasaron de mano en mano. Los candados se abrieron con chasquidos metálicos que sonaron como suspiros de alivio.

Los prisioneros salieron sin entender del todo lo que pasaba, creyendo que quizás era un sueño más de los muchos que tenían despiertos. Pero cuando vieron el rostro de Villa, cuando reconocieron a los dorados, supieron que la justicia no siempre llega por los caminos oficiales. Rápido, en pero en silencio, ordenó Villa. Tenemos caballos afuera, los llevaremos a la sierra.

Allá estarán a salvo. El hermano de Mateo se detuvo frente a Villa, los ojos llenos de lágrimas contenidas. Usted, usted es. Soy un hombre como tú, interrumpió Villa con voz suave, que se cansa de ver injusticias y hace lo que puede. Los liberados salieron por la misma puerta por donde entraron.

Los guardias que quedaban viejos y cansados miraron para otro lado. Jacinto cerró tras ellos y se quedó quieto, respirando hondo, sintiendo que por primera vez en meses había hecho algo bueno. Al amanecer, cuando los oficiales llegaron al presidio y encontraron las celdas vacías, el escándalo fue monumental. Valdés apareció con el uniforme mal abrochado, gritando órdenes contradictorias, culpando a todos, prometiendo castigos terribles.

Pero los guardias solo bajaron la mirada y el pueblo, al enterarse de que los presos habían escapado, sonrió en secreto. Con cada golpe que Villa daba, los apoyos de Valdés se desmoronaban. Los soldados comenzaron a dudar, los oficiales menores a murmurar. El miedo que el teniente inspiraba se fue convirtiendo en desprecio, y el desprecio es veneno lento pero seguro.

Fue entonces cuando llegó la noticia que hizo que a Villa se le helara la sangre en las venas. Valdés estaba organizando un traslado especial. Un grupo de muchachas, hijas de rancheros intimidados, serían llevadas a la guarnición bajo el pretexto de protección e instrucción. Pero el pueblo sabía lo que eso significaba.

Las muchachas serían moneda de obediencia, rehenes silenciosas para mantener a las familias calladas. Una madre desesperada, con el rebosillo negro cubriéndole el rostro demacrado por el llanto y el desvelo, buscó al intermediario correcto. Ese intermediario conocía a alguien que conocía a otro y la información llegó a villa como grito ahogado, que finalmente encuentra oídos dispuestos a escuchar.

Van a llevarse a mi niña, general, soyozó la mujer cuando se encontraron en una casa abandonada a las afueras del pueblo. Tiene apenas 15 años, es buena, trabajadora, nunca ha hecho nada malo, pero Valdés dijo que o la entregamos o nos quitan el rancho y nos meten presos por sediciosos. Villa sintió que la rabia le subía del estómago al pecho, pero la controló.

La rabia ciega no ayuda a nadie. La rabia fría, esa que piensa y planea, esa sí sirve. ¿Cuándo se las llevan? Pasado mañana al mediodía, van a pasar por el desfiladero de los cedros. Villa conocía ese lugar, un camino estrecho entre paredes de roca, perfecto para una emboscada.

Pero esta no sería una emboscada de muerte, sino de rescate. Dígale a su hija que no tenga miedo dijo Villa, tomando las manos ásperas de la mujer entre las suyas. Dios aprieta, pero no ahorca, y nosotros tampoco. La mujer se fue con un hilo de esperanza aferrado al pecho como escapulario bendito. Villa reunió a sus hombres.