Los superiores le exigían explicaciones que no podía dar. Los soldados lo miraban con menos respeto. El pueblo, que antes temblaba a su paso, ahora murmuraba su nombre con desprecio. Entonces, desesperado y furioso, decidió organizar una trampa. Si Villa quería jugar a ser héroe, él le prepararía un escenario de muerte.
Valdés mandó correr el rumor de una transferencia importante de armas que pasaría por una rabina aislada. Era mentira, pero sonaba creíble. La información fue plantada cuidadosamente. Se lo contó a un comerciante que sabía que hablaba de más. Dejó documentos falsos donde un escribiente curioso pudiera verlos.
Mencionó fechas y horarios en voz alta frente a gente que podría llevar el cuento. El plan era simple y brutal. atraer a Villa y sus hombres a la rabina, rodearlos con tropas escondidas en las alturas y masacrarlos sin piedad. Después presentaría los cadáveres como bandidos muertos en combate justo. Se lavaría las manos, recuperaría su prestigio y acabaría de una vez con el problema.
Pero Valdés había olvidado algo fundamental. Sus propios hombres estaban hartos de ser carne de cañón. Algunos de los soldados, cansados de arriesgar la vida para que su teniente engordara la bolsa, comenzaron a soltar la lengua. Uno de ellos, en el mercado comprando tortillas para su familia, mencionó frente a una vendedora que pronto habría movimiento de tropas hacia la rabina de San Jerónimo.
La vendedora se lo contó a su comadre, la comadre a su cuñado, y el cuñado conocía a alguien que conocía a alguien. que llevaba mensajes a Villa. Cuando la información llegó a Villa, él ya sospechaba. Conocía como pensaban los oficiales desesperados. Fierro quiso evitar el lugar por completo, pero Villa negó con la cabeza. No, compadre.
Si evitamos la rabina, Valdés sabrá que descubrimos su trampa y se volverá más cuidadoso. Mejor vamos. Pero convertimos su emboscada en la nuestra. Felipe Ángeles trazó el plan sobre la tierra con una rama. Villa y un grupo pequeño dejarían pistas falsas por toda la zona, fogatas apagadas, huellas de caballos, señales de campamento. Mientras tanto, el grueso de los dorados se posicionaría en las alturas de la rabina, exactamente donde Valdés pensaba poner a sus hombres.
La noche previa al enfrentamiento, Villa rezó frente a una pequeña imagen de la Virgen que llevaba en la alforja. No rezaba por victoria, sino para que cayera la menor sangre posible. Sabía que muchos de los soldados federales eran solo muchachos obligados a vestir el uniforme y no quería llenar de viudas y huérfanos el mundo más de lo necesario.
Al amanecer, las tropas de Valdés entraron en la rabina. El teniente iba atrás, protegido por su guardia personal, dejando que los soldados rasos avanzaran primero. En las alturas, escondidos entre rocas y matorrales, los dorados de villa observaban en silencio. Fierro, con la mano en el rifle esperaba la señal.
Tomás Urbina mascaba tabaco, tranquilo como quien espera el amanecer. Felipe Ángeles estudiaba los movimientos con ojo de estratega. Villa ordenó disparar al aire un solo tiro limpio que resonó en la rabina como campana de iglesia. El eco se multiplicó entre las paredes de piedra, haciendo parecer que eran docenas de rifles.
Los federales se detuvieron en seco, algunos gritaron órdenes contradictorias, otros buscaron cobertura donde no la había. Entonces comenzó el caos, no por fuego cerrado, sino por confusión pura. Los oficiales gritaban órdenes, los soldados rasos corrían buscando posiciones, el polvo levantado por los caballos nerviosos nublaba la vista.
Y en medio de todo eso, Emilio Valdés mostró su verdadera naturaleza. En vez de quedarse al frente, en vez de organizar a sus hombres o dar órdenes claras, el teniente intentó huir. Se quitó la chaqueta del uniforme y la cambió por el sarape de un campesino muerto días atrás en la zona, pensando que podría mezclarse y escapar sin ser reconocido. Se escondió detrás de las mulas de carga, agachado, temblando, con los ojos desorbitados de puro miedo. Pero varios soldados lo vieron.
