Un padre millonario vuelve a casa y se encuentra con que la empleada doméstica está protegiendo a su hija ciega… pero la verdad que descubre lo deja completamente en shock.

—No hay nada que perdonar, señor —respondió ella—. No podía dejar que la golpeara.

Sofía estiró los brazos. Roberto la abrazó.

—¿María se va a ir? —preguntó la niña.

—No, amor. María se queda.

Miró a la mujer.

—Desde hoy ya no eres la empleada.

María palideció.