Entré en el salón de piedra justo cuando el cuarteto de cuerda empezaba a tocar. El silencio fue instantáneo.
—¿Qué haces aquí? —gritó Viviana, perdiendo su compostura—. ¡Seguridad! ¡Sacad a esta loca!
—Esta “loca” es la dueña de la finca —dije con voz calmada, proyectándola para que todos me oyeran—. Y vengo a desalojar a los ocupas.
Saqué las escrituras de mi bolso.
—Esta propiedad pertenece a la herencia de Marcos Álvarez. Yo soy su única hija. Lleváis casi un año viviendo aquí y celebrando fiestas sin contrato y sin pagar. Fuera.
Los murmullos de los invitados eran como un zumbido de abejas. Leandro estaba pálido como un muerto. Calista, con su vestido de novia de 20.000 euros, parecía a punto de vomitar.
—Estás mintiendo —siseó Viviana.
