Nueve días después, vestida con un sencillo vestido blanco que don Alejandro había pagado, Lucía caminó hacia el altar de la iglesia del pueblo sintiendo que avanzaba hacia una tumba. Su primer beso fue delante de extraños, sin amor, con el cura y los vecinos como testigos. Esa noche, sus manos temblaban al entrar en la hacienda de su nuevo esposo: la casa de un desconocido al que ahora estaba unida para siempre.
Cuando don Alejandro cerró la puerta del dormitorio, habló en voz baja:
—Lucía… Antes de que pase nada esta noche, necesito decirte la verdad.
Lucía se sentó en la orilla de la cama, aún con el vestido de novia apretándole la cintura. La habitación estaba en un silencio extraño, roto sólo por el tic-tac lejano de un reloj sobre el buró. Alejandro se quedó a unos pasos de distancia, con las manos entrelazadas, incapaz de mirarla de frente.
—Sé que este matrimonio fue muy repentino para ti —empezó. Su voz sonaba suave, más de lo que ella esperaba—. Pero no te traje aquí para hacerte daño.
Lucía no dijo nada. Sentía que si abría la boca se rompería en mil pedazos.
