Desde que llegó a la mansión, Clara había notado cosas que los demás ignoraban. De día, Leo era dulce y tranquilo. Le encantaba dibujar dinosaurios y esconderse detrás de las cortinas para asustarla con risas tímidas. Pero cuando caía la noche, el miedo se apoderaba de él. Se aferraba a los marcos de las puertas, suplicaba no ir a su habitación e intentaba dormirse en cualquier lugar menos en su cama: el sofá, la alfombra del pasillo, incluso una dura silla de la cocina.
Algunas mañanas aparecía con las mejillas rojas, las orejas irritadas, pequeñas marcas en la piel. Victoria, la prometida de James, siempre tenía una explicación.
