Leo no estaba dormido. Estaba acurrucado en la esquina más alejada de la cama, con las rodillas contra el pecho y las manos cubriéndose los oídos, como si intentara desaparecer. Tenía los ojos hinchados y el rostro marcado con manchas rojas que ningún niño debería tener.
—Leo —susurró Clara—. Soy yo. La abuela Clara.
El alivio en los ojos del niño casi la hizo llorar.
—Abuela —susurró él—. La cama muerde.
No pica. No se siente rara. Muerde.
Clara se arrodilló junto a la cama y le acarició el cabello. Le pidió que se quedara en la esquina y luego se volvió hacia la almohada. Parecía perfecta: seda blanca, suave, inofensiva. Presionó la palma de su mano con fuerza en el centro, imitando el peso de una cabeza.
El dolor fue inmediato.
