James se quedó paralizado al comprenderlo todo de golpe: los gritos, las marcas, la resistencia, las excusas. Su mirada se desvió hacia el costurero abierto de Victoria en la habitación contigua, al que le faltaban esos mismos alfileres.
—Fuera —dijo con frialdad—. Sal de mi casa. Ahora. Antes de que llame a la policía.
Victoria no discutió. No podía.
Cuando se fue, James se arrodilló y abrazó a Leo, llorando.
—Lo siento —susurró—. Debí haberte escuchado.
Esa noche lo cambió todo.
