Café chocolate
—Papá, tienes que comer —me decía con las manos en la cintura, imitando a Carmen—. Si no viene, los soldaditos de tu sangre no pueden pelear contra los bichos malos. Y yo comía. Comía por ella. Cucharada a cucharada, tragando las náuseas, porque cada bocado era un acto de amor hacia esa niña.
Pasaron tres meses. Luego seis. El tratamiento empezó a funcionar. Los marcadores tumorales bajan. Mi energía regresó, poco a poco, como la marea que sube lenta pero imparable. Empecé a ir a buscarla al colegio todos los días. Verla salir por esa puerta, buscándome con la mirada entre la multitud de padres y abuelos, y ver cómo se le iluminaba la cara al encontrarme, era el mejor momento de mi día. -¡Papá! —corría hacia mí, lanzándome la mochila—. ¡Hoy he sacado un diez en Matemáticas! Carmen me ayudó con las restas.
Por las tardes, mientras ella hacía los deberes, yo empecé a escribir. Siempre había sido un hombre de números, de planos y presupuestos. Pero sentí la necesidad de dejar constancia de lo que nos había pasado. Empecé a escribir un libro . No para publicarlo, sino para ella. Para que, cuando yo ya no estuviera (fuera dentro de diez años o de veinte), ella nunca olvidara cómo nos encontramos. Lo titulé “Siete días con ella” . Escribía sobre la primera vez que la vi en la plaza, sobre la primera cena, sobre el miedo, sobre la carta de su padre Tomás. Escribía sobre cómo el amor no es algo que se busca, sino algo que te encuentra y te atropella cuando menos te lo esperas.
Supermercados
Un día, mi secretaria me pasó una llamada. —Señor Méndez, es un periodista de “El País”. Se han enterado de la historia del juicio. Quieren una entrevista. Dicen que es una historia de interés humano. —Diles que no —respondí sin levantar la vista de la pantalla—. Mi vida no es un circo. Y la de mi hija, menos. —Ofrecen portada en la revista dominical. —No me importa si ofrecen la portada del Time. Valeria tendrá una vida normal. No será “la niña de la caridad” ni “la huérfana del millonario”. Será Valeria Méndez, futura doctora y la mejor hija del mundo. Punto.
Protegí nuestra privacidad como un león. Rechacé televisiones, revistas del corazón y productores de cine. Nuestra historia era nuestra.
Y así, entre deberes, visitas al médico, pizzas los viernes por la noche y cuentos antes de dormir, llegó el día. Abril. Un año exacto desde que nos encontramos en aquella plaza mugrienta. Me desperté con una sensación extraña. No era dolor. Era gratitud. Una gratitud tan inmensa que casi dolía. Bajé a desayunar. La rutina era sagrada. Valeria estaba sentada en la isla de la cocina, moviendo los cereales con la cuchara, con una sonrisa traviesa. —Papá, ¿sabes qué día es hoy? —Mmm… —fingé pensar mientras me servía café—. ¿Jueves? ¿El día de la independencia de Marte? Ella se río. —¡No, tonto! Es nuestro aniversario. —¿Aniversario? -Si. Hace un año me preguntaste si quería ser tu hija por una semana. Me acerqué y le di un beso en la coronilla. —Y tú dijiste que sí. El mejor trato que he cerrado en mi vida, y he cerrado muchos negocios millonarios. —Dijiste que la semana duraría toda la vida —recordó ella, poniéndose seria un momento. —Y lo mantengo. Estamos en la semana número 52, y nos quedan millas más.
Preparé su merienda para el colegio: sándwich de pavo (cortado en triángulos, odiaba los cuadrados), una manzana verde y una nota adhesiva donde siempre le ponía un chiste malo o una frase de ánimo. "Para la futura Premio Nobel de Medicina. Te quiero, Papá".
