El Millonario Moribundo y la Niña de la Plaza: Un Pacto de Siete Días que Desafió a la Muerte y Reveló un Secreto Inesperado

Estanterías

— ¿Tienes todo listo para el examen de Ciencias? —pregunté, ajustándome la corbata frente al espejo del recibidor. -Si. Me sé los planetas de memoria. Mercurio, Venus, Tierra… —los recitó todos mientras se ponía el abrigo. Yo me palpé los bolsillos. Llaves, cartera, móvil. Valeria se acercó sigilosamente. —Espera, te falta algo. Sacó un papel doblado de su mochila. Era una hoja de papel rosa, de esas que usaban para manualidades en el colegio. — ¿Qué es esto? —pregunté, intentando abrirlo. Ella me detuvo con sus manitas. -¡No! Es sorpresa. No lo leas hasta que yo no esté. Promételo. —Prometido —dije, guardando el papel rosa en el bolsillo interior de mi americana, cerca del corazón. -Valle. Ahora dame un beso.

La déjé en la puerta del colegio. La vi entrar, saludando a sus amigas, segura de sí misma, feliz. Ya no quedaba rastro de la niña asustada que temía ser abandonada. Ahora caminaba pisando fuerte. Ese día tuve revisión con Rodrigo. —Eduardo, esto es aburrido —bromeó Rodrigo mirando los resultados—. Estás estable. Increíblemente estable. —Tengo una buena razón para no morirme, Rodrigo. Tengo que pagar la matrícula de la universidad dentro de diez años.

Fui a la oficina un rato. Firmé papeles, tuve reuniones, pero mi mente estaba en el papel rosa que quemaba en mi bolsillo. A las tres en punto, estaba en el coche esperando a que saliera. -¡Papá! —entró como un torbellino—. ¡El examen fue pan comido! Urano es el que tiene los anillos de lado, me acordé por lo que me dijiste de que estaba durmiendo la siesta. —¡Esa es mi chica! —¿Qué hacemos para celebrar el aniversario? —¿Lo de siempre? —¡Pizza y peli! —gritamos al unísono.

Café chocolate

Fuimos al supermercado, compramos masa fresca, mozzarella, tomate y jamón. Era nuestra tradición de los viernes, adelantada al jueves por la ocasión especial. Hicimos la pizza juntos, manchando la cocina de harina. Valeria me puso un poco de harina en la nariz y yo le hice cosquillas hasta que casi se orina de la risa. Después de cenar, vimos  El Rey León  por enésima vez. Valeria lloró cuando murió Mufasa, como siempre, y se acurrucó contra mi pecho. —Menos mal que tú no te moriste, papá —susurró medio dormida. —Yo soy más duro que Mufasa, cariño.

La llevé a la   cama . Le arropé hasta la barbilla. —Buenas noches, princesa. —Buenas noches, papá. Te quiero hasta el infinito y más allá. —Y yo a ti.

Cerré la puerta de su habitación dejando una rendija abierta, como le gustaba. Fui a mi despacho, me aflojé la corbata y me serví una copa de vino. La casa estaba en silencio, pero era un silencio lleno de paz, no el silencio vacío de hace un año. Entonces grabé la nota. Saque el papel rosa del bolsillo. Estaba un poco arrugado. Lo desdoblé con cuidado. La letra de Valeria había mejorado mucho, aunque seguía haciendo las 's' al revés a veces.

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