—¿Amiga… de verdad?
—Si tú quieres, sí.
La puerta se abrió más. Lara, rubia, pequeña, con el cuerpo tenso como un resorte, miró a Cíntia y, por primera vez en meses, sonrió un poquito. Un gesto mínimo, pero real.
—¿Quieres entrar?
Cíntia se sentó en el suelo del cuarto, a su altura. No preguntó por diagnósticos. No ofreció lástima. Miró los dibujos pegados en la pared.
—¡Qué cuarto tan genial! ¿Me enseñas tus dibujos?
