—Los niños oyen más de lo que creemos. Y Lara… carga su dolor y el suyo.
Entonces Lara apareció, bajando despacio por la escalera, sola, aferrada al pasamanos. No era magia. Era esfuerzo. Y aun así, a Álvaro se le llenaron los ojos. Lara entró a la cocina y vio las panquecas.
—Yo puedo —dijo cuando él se movió para ayudarla, y su voz tenía menos rabia, más determinación.
Ese mismo día, Cíntia le hizo una pregunta a Álvaro en el jardín:
—¿Usted juega con Lara?
Álvaro intentó responder, pero el silencio lo traicionó.
—Desde el diagnóstico… yo…
