—Usted no le tiene miedo a ella —dijo Cíntia—. Le tiene miedo a lo que podría pasarle. Y mientras usted tiene miedo por ella, ella cree que usted no quiere estar cerca.
Álvaro sintió el filo de esa frase. Había dejado de ser padre para convertirse en coordinador de terapias. Había confundido amor con control.
Esa noche, Lara le preguntó, mirándolo con una seriedad insoportable:
—Papá… ¿tú te avergüenzas de mí?
Álvaro se arrodilló a su altura, como si la distancia pudiera arreglarse.
—Nunca. Nunca me avergonzaría de ti.
