Álvaro sintió una punzada de ira.
—¿Alto riesgo? ¿Por qué? ¿Porque mi hija tiene siete años?
Carla no se defendió. Solo dijo la verdad.
—Porque es una niña que necesita cuidados especiales, que tiene crisis, que rechaza ayuda… y porque las chicas… tienen miedo. Nadie quiere venir a esta casa.
El silencio fue más cruel que cualquier grito. Álvaro miró alrededor: cuadros caros, brillos, superficies perfectas, como si el orden pudiera imponerse por decreto. Y, sin embargo, allí estaban los juguetes rotos en una esquina, piezas de rompecabezas dispersas como pequeñas derrotas.
