LA NIÑA OYÓ A LOS GUARDIAS HABLAR EN RUSO Y ADVIRTIÓ AL MILLONARIO QUE NO ENTRARA A LA REUNIÓN

—¿Te gusta? —preguntó él.

—Mucho —respondió ella, seria—. Pero algún día voy a tener mi propia empresa… y haré robots que ayuden a la gente como tú ayudas a las personas.

Felipe sintió un nudo en la garganta. Aquella niña no solo le recordaba por qué había empezado su negocio; le mostraba el tipo de persona que todavía podía llegar a ser.

Pero la vida, como siempre, no se quedó tranquila. En la oficina empezaron a aparecer señales raras: documentos que Felipe no recordaba haber firmado, movimientos de dinero extraños, reuniones agendadas sin consultarlo. Sospechas que al principio ignoró, pensando que era estrés. Hasta que una noche se quedó revisando papeles hasta tarde y lo vio todo claro: transferencias desviadas, contratos manipulados. Su socio de toda la vida, Ricardo, lo estaba traicionando.

La confrontación fue dura.
—Sé lo que estás haciendo —le dijo Felipe, tirando los documentos sobre el escritorio—. Me estás robando.

Ricardo intentó justificarse, habló de deudas, de malas decisiones, de que “iba a devolver todo”. Pero los números no mentían. Felipe se fue de esa oficina con el corazón hecho pedazos. Podía destruirlo legalmente, acabar con su carrera y limpiar su nombre. Tenía el derecho. Sin embargo, esa noche, sentado en la sala de Lorena, con ella escuchando atentamente y Alejandra dormida en el cuarto de al lado, entendió algo diferente.