—Dime.
—No quiero que seas solo “el señor que paga la escuela”. Si vas a entrar en la vida de Alejandra, que sea de verdad. Que seas alguien presente, alguien que ella pueda mirar a los ojos sin sentir que está en deuda.
Felipe se quedó callado unos segundos. Aquella condición no lo alejaba, lo acercaba justo a lo que, en el fondo, deseaba.
—Lo prometo —respondió—. No me voy a ir cuando esto deje de ser “nuevo” o “interesante”. Quiero estar.
A partir de ese día, sus vidas empezaron a entrelazarse. Alejandra entró a una escuela internacional donde las matemáticas eran un juego, los idiomas una aventura y la música un idioma más. Descubrieron que tenía un talento especial para el piano: sus manos pequeñas parecían entender las teclas con una facilidad que emocionaba a todos. Felipe cumplió lo prometido. Iba a las reuniones con maestros, llevaba libros, la ayudaba con tareas de tecnología y, sobre todo, escuchaba sus historias interminables del recreo.
Para él, que siempre había vuelto a un departamento silencioso, esas tardes en casa de Lorena eran como una bocanada de aire fresco. Comían tacos de pollo y arroz, veían películas viejas en la televisión, se reían de chistes sin gracia. Lorena empezó a verlo con otros ojos: ya no era solo el millonario de traje caro, sino un hombre que se acordaba del cumpleaños de su hija, que llegaba incluso cuando estaba cansado, que se sentaba en el suelo a armar rompecabezas.
Un sábado, Felipe llevó a Alejandra a su oficina. Ella recorrió los pasillos fascinada, tocando las paredes de vidrio, mirando las pantallas gigantes y los prototipos de robots.
