LA NIÑA OYÓ A LOS GUARDIAS HABLAR EN RUSO Y ADVIRTIÓ AL MILLONARIO QUE NO ENTRARA A LA REUNIÓN

El tiempo siguió corriendo. Alejandra crecía, ya no era la niña del sofá rojo, sino una preadolescente brillante que tocaba piezas complicadas al piano y ganaba concursos de matemáticas. Felipe era ya parte de todas sus historias: su “casi papá”, como ella le decía en broma. Con Lorena, la relación se fue volviendo más profunda, más suave. Una noche, en el balcón de su casa, después de que Alejandra se durmiera, se dieron su primer beso. Ninguno de los dos estaba seguro de cuándo empezó a cambiar todo, pero los dos sabían que ya no había vuelta atrás.

Poco a poco, dejaron de ocultarlo. Empezaron a ser pareja. Alejandra lo aceptó con una alegría desarmante.
—Siempre quise que mi mamá tuviera a alguien bueno —dijo una vez—. Y tú eres el mejor.

Tres años después de aquel día en el hotel, Felipe decidió dar el paso que llevaba tiempo soñando. Preparó una cena sencilla pero hermosa en su departamento, con velas en la mesa y flores en un jarrón. Invitó a Lorena y a Alejandra con la excusa de una “sorpresa”.

Después de cenar, se levantó con las manos temblorosas.
—Lorena —empezó—, aquel día en el hotel pensé que iba a la reunión más importante de mi carrera. Me equivoqué. No era la más importante de mi trabajo, era la más importante de mi vida. Porque ese día las conocí a ti y a Alejandra. Ustedes me salvaron de perder mi dinero… pero también de vivir una vida vacía.

Se arrodilló frente a ella. Alejandra se tapó la boca con las manos, emocionadísima.
—Lorena Medina, ¿quieres casarte conmigo?

Las lágrimas de Lorena respondieron antes que sus palabras.
—Sí —susurró—. Sí, quiero.