LA NIÑA OYÓ A LOS GUARDIAS HABLAR EN RUSO Y ADVIRTIÓ AL MILLONARIO QUE NO ENTRARA A LA REUNIÓN

Mientras la abrazaba, Felipe sacó una cajita más pequeña y se arrodilló ahora frente a Alejandra.

—Y tú —dijo con voz temblorosa—, ¿me das el honor de ser tu papá?

Dentro de la cajita había un collar con un colgante en forma de llave.
—¿Es una llave de verdad? —preguntó ella, con los ojos brillando.

—Sí —sonrió Felipe—. La llave de nuestra nueva casa. La casa donde vamos a vivir juntos como una familia de verdad.

Alejandra lo abrazó con toda su fuerza.
—Siempre quise tener un papá —susurró—. Y me alegra que seas tú.

Parecía que todo estaba perfecto, pero la vida quiso probarlo una vez más. Dos semanas antes de la boda, Felipe recibió una oferta de una empresa internacional: querían comprar su compañía por una suma imposible de rechazar… con una condición. Tenía que mudarse a Alemania durante cinco años para dirigir la transición. Cinco años lejos de México, lejos del hotel, de la escuela de Alejandra, de la rutina que habían construido. Cinco años perdiéndose cumpleaños, conciertos de piano, tareas de matemáticas, cenas en el balcón.

Al principio, Felipe no dijo nada. Pensó que podía decidir solo. Daba vueltas en la cama, miraba el techo, hacía listas mentales de pros y contras. Era la oportunidad con la que siempre había soñado… antes de conocer a Lorena y a Alejandra.