Felipe se quedó callado. Antes, habría dicho que sí. Que el éxito era lo primero, que las oportunidades no se rechazan. Pero ahora, pensaba en Alejandra corriendo a mostrarle sus diplomas, en Lorena riéndose en la cocina, en las noches tranquilas en el balcón.
—Me arrepentiría mucho más si acepto —respondió al fin—. Puedo encontrar otras formas de ganar dinero. Pero no puedo recuperar el tiempo perdido con ustedes.
Al día siguiente, rechazó la oferta. Sus socios lo llamaron loco. Algunos amigos le dijeron que se estaba “disparando en el pie”. Él solo sonreía. Sabía algo que ellos aún no entendían: que el verdadero éxito no tiene nada que ver con oficinas en otro país, sino con tener un hogar al que quieres volver.
La boda se celebró en septiembre, en una capilla pequeña de la Zona Rosa. No hubo lujos exagerados, pero sí mucho amor. Alejandra, con un vestido blanco sencillo, fue la damita de honor más orgullosa del mundo. Cuando Felipe y Lorena se dieron el “sí”, la capilla entera estaba conmovida. El momento más fuerte llegó cuando Felipe se arrodilló frente a Alejandra y, frente a todos, le hizo una promesa.
—Alejandra —dijo con la voz quebrada—, prometo estar contigo en tus victorias y en tus derrotas, en tus días felices y en tus días tristes. Prometo apoyarte, protegerte y amarte como si fueras mi hija de sangre, porque en mi corazón, siempre lo has sido.
Ella le rodeó el cuello con sus brazos.
