—Gracias por elegirnos, papá.
Después de la boda, se mudaron a una casa con jardín. No era una mansión, pero era suya. Tenía una cocina grande para que Lorena experimentara nuevas recetas, un pequeño despacho donde Felipe podía trabajar sin alejarse de su familia y un cuarto con piano y libros para Alejandra. Cenaban juntos todas las noches, veían películas los sábados, hacían viajes cortos a la playa cuando podían.
Meses después, Alejandra llegó corriendo un día con una medalla en la mano.
—¡Gané el concurso de matemáticas! —gritó—. ¡Lo gané!
Felipe la levantó en brazos, lleno de orgullo. Esa noche, cuando ella se durmió, él y Lorena volvieron al balcón, como tantas veces.
—¿Te arrepientes de haber rechazado aquella oferta de Alemania? —preguntó ella, mirándolo de reojo.
Felipe observó por la ventana la luz del cuarto donde dormía su hija, la mujer a su lado que le había cambiado la vida, y sonrió.
