LA NIÑA OYÓ A LOS GUARDIAS HABLAR EN RUSO Y ADVIRTIÓ AL MILLONARIO QUE NO ENTRARA A LA REUNIÓN

Durante dos días Felipe no pudo sacarse esa imagen de la cabeza. Había seguido con sus juntas, con correos, con pendientes, pero siempre regresaba al mismo punto: ¿cómo se agradece algo así? Un ramo de flores sonaba ridículo. Un sobre con dinero, todavía peor. No se trataba solo del negocio salvado; se trataba de algo más profundo que no sabía nombrar.

Por eso, dos días después, volvió al hotel Marquís. La recepción era la misma, los elevadores seguían abriéndose y cerrándose, la gente iba y venía… pero él ya no era exactamente el mismo. Preguntó por Lorena en recepción y lo dirigieron al salón de eventos. La encontró moviendo sillas, ajustando manteles blancos con movimientos rápidos pero cansados. Aun así, cuando lo vio, se enderezó de inmediato.

—Señor Romero, buenos días. ¿Ocurre algo con el evento de la próxima semana?

—No, todo está perfecto —respondió él con una sonrisa—. Vengo por otra razón. Quiero agradecerte a ti y a tu hija. Si Alejandra no me hubiera detenido, hoy estaría en un problema muy grande.

Lorena bajó la mirada.
—Ella… siempre ha sido muy observadora. A veces demasiado —dijo con una media sonrisa triste—. Me dio miedo que hubiera arruinado su día de trabajo.