—No lo arruinó —dijo Felipe con firmeza—. Me salvó. Y eso no se olvida.
En ese momento, notó las ojeras en el rostro de Lorena, las manos ásperas por el trabajo, la manera en que apretaba los labios como quien guarda preocupaciones. Decidió arriesgarse a una pregunta.
—¿Puedo ser indiscreto? ¿Ustedes están bien?
Lorena dudó. No acostumbraba hablar de su vida con los clientes.
—Estamos… sobreviviendo —respondió al final, con honestidad—. No es fácil criar sola a una niña como Alejandra. Es muy lista, aprende rápido, habla tres idiomas, pero… —se encogió de hombros—. El sueldo no alcanza para todo lo que ella merece. Escuela pública, nada de clases extra, nada de música, nada de viajes. Hago lo que puedo.
Felipe sintió una punzada en el pecho.
—¿Y su papá?
—No está —cortó ella, con amabilidad pero firme—. Somos solo ella y yo. Y así estamos bien.
Él asintió, respetando el límite, pero una idea empezó a formarse lentamente en su mente.
—Lorena, quiero hacer algo por ustedes. No como pago, no quiero que lo veas así. Llamémosle… gratitud. Déjame pensar en algo que realmente tenga sentido.
