LA NIÑA OYÓ A LOS GUARDIAS HABLAR EN RUSO Y ADVIRTIÓ AL MILLONARIO QUE NO ENTRARA A LA REUNIÓN

Ella quiso protestar, pero él ya se despedía. Esa noche, en su departamento con vista a la ciudad, Felipe comió solo frente a una mesa demasiado grande. Las luces de los edificios brillaban como siempre, pero por primera vez no le decían nada. Pensaba en una niña de siete años que hablaba ruso y tenía el coraje de advertir a un desconocido. Pensaba en una madre que hacía milagros con un sueldo ajustado. Y pensaba en sí mismo: en su departamento vacío, en su agenda llena, en su vida sin nadie a quien contarle cómo le había ido en el día.

Llamó a su asistente y le pidió, con total discreción, que investigara la situación de Lorena y Alejandra. Los datos confirmaron lo que ya intuía: Lorena trabajaba sin parar, su sueldo apenas alcanzaba, y la inteligencia de Alejandra no tenía el impulso que merecía. Felipe tomó entonces una decisión que le hizo sentir nervios, como cuando inició su empresa.

Esperó al viernes. A la salida del turno, encontró a Lorena y a Alejandra en la puerta del hotel. La niña llevaba una mochila rosa más grande que su espalda.

—¿Puedo invitarlas a un café? —preguntó.

Terminaron en un local pequeño de la calle Génova, con olor a pan dulce y chocolate caliente. Alejandra se entretuvo dibujando en una servilleta, mientras ellos hablaban.