—He pensado mucho en cómo agradecerles —empezó Felipe—. Y quiero hacerte una propuesta, Lorena. Quiero pagar los estudios de Alejandra: una buena escuela, cursos, libros, todo lo que necesite. Sin condiciones, sin pedir nada a cambio. Solo porque creo que lo merece… y porque me salvó la vida.
Lorena se quedó en blanco.
—Señor Romero, eso es demasiado. No puedo aceptar… —sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas—. Es el sueño de cualquier madre, pero no puedo dejar que alguien más cargue con esa responsabilidad.
—No es una carga —insistió él—. Lo veo como una inversión en alguien que puede cambiar el mundo. Tu hija ya cambió el mío.
Ella miró a Alejandra, que seguía garabateando sin escuchar bien la conversación, y algo se le rompió por dentro.
—Siempre quise darle más —susurró—. Pero nunca he podido.
—Ahora puedes —dijo Felipe con suavidad—. ¿Aceptas?
Lorena respiró hondo. Lo miró a los ojos, buscando cualquier rastro de arrogancia, de interés oculto. No encontró nada.
—Acepto —dijo al fin—. Pero con una condición.
Felipe se tensó.
