Buscó otra tarjeta en la billetera. Tenía varias, todas con límites que muchas personas no podrían imaginar. Sacó otra, luego otra. Cada vez que la deslizaron, la pantalla respondió con la misma indiferencia cruel:
DECLINADA.
La risa de la cajera se hizo más sonora, más hiriente.
—Creo que se le acabó la suerte, señorito —comentó, mirando a la fila—. Tanto traje y tanto lujo, y al final, ni para el pan.
Las risas empezaron a contagiarse. Un hombre al fondo murmuró:
—Eso le pasa por creerse más que los demás.
La niña miraba todo, confundida, apretando todavía la mano de Alexander. Él quiso soltarla, marcharse, dejarlo todo ahí, pero algo en aquellos ojos limpios lo dejó paralizado.
Entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.
La niña soltó su mano, metió la suya en el bolsillo de su pantalón desgastado y empezó a revolver con desesperación. Sacó tres billetes arrugados, mal doblados, y un puñado de monedas de diferentes tamaños. Los contó con los dedos pequeños, mordiéndose el labio inferior. Después, levantó la vista hacia la cajera.
