—Yo… yo puedo ayudar —dijo, con la voz temblorosa pero clara.
La cajera la miró, sorprendida.
—¿Qué?
La niña respiró hondo, dio un paso hacia adelante y dejó su pequeño tesoro sobre el mostrador.
—Para pagar —dijo, mirando de reojo a Alexander—. No tengo mucho, pero… él lo necesita, ¿no?
El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier burla. El adolescente guardó el celular sin grabar. La señora que se había inclinado desvió la mirada, avergonzada. La risa se deshizo en un aire espeso de culpa.
Alexander sintió que algo dentro de él se quebraba. Esa niña, que claramente no tenía casi nada, estaba poniendo sobre la mesa todo lo que tenía. Nadie más se había movido un centímetro en su ayuda. Nadie más había pensado en tenderle la mano. Solo ella.
—No, pequeña, no es necesario —murmuró él, con la voz quebrada—. Yo…
