Entonces vi su rostro.
Camila.
Se me cerró la garganta. Los invitados murmuraban. Yo apenas podía respirar.
Sonrió como si los últimos tres años hubieran sido solo una conversación pausada. Caminó directo hacia mí y deslizó en mi mano un sobre grueso color crema.
—Felicidades, Mariana —susurró—. Es el día más importante de tu vida.
