Era una carta escrita con su letra, la misma con la que hacíamos listas del súper y escribíamos sueños en la universidad.
“Mariana, sé que me odias. Y tienes todas las razones. Pero antes de juzgarme, necesitas saber la verdad.”
Tragué saliva. El salón quedó en silencio. Daniel me tomó la mano, pero apenas lo sentía.
“Hace tres años no te mentí: mi papá estaba muy enfermo. Pero lo que no te dije es que yo también estaba metida en algo que me superaba. La empresa donde trabajaba lavaba dinero. Cuando intenté denunciar, me amenazaron.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
