Mateo le dio veinticuatro horas. Lo soltó no por piedad, sino porque matarlo habría sido lo de siempre: cerrar un problema con sangre. Esa noche, por primera vez, Mateo eligió una justicia distinta: una que protegía sin convertir a Emma en espectadora del horror.
Cuando el hombre se fue, Mateo marcó un número.
—Elizabeth —dijo cuando una voz somnolienta atendió—. Necesito un favor. Una mujer con traumatismo en la cabeza. Necesito que vengas. Sin preguntas. Sin policías.
—¿Dónde estás?
Mateo dio la dirección. Colgó y volvió a la sala.
