Emma estaba en el sofá, sosteniendo la mano de su madre con fuerza, como si con eso pudiera anclarla a la vida. Miró a Mateo con ojos rojos, pero firmes.
—¿Se fue?
—Se fue —confirmó Mateo—. No va a volver.
Se arrodilló a su altura. De cerca, Emma olía a jabón barato y a miedo.
—Va a venir una doctora —le dijo—. Va a cuidar de tu mamá.
Emma lo observó unos segundos, como si intentara entender un misterio.
—Matt… ¿por qué viniste? Ni siquiera nos conoces.
