Entró.
El olor lo golpeó primero: cerveza rancia, cigarrillo viejo, y ese metal inconfundible que no necesita presentación. Sangre fresca.
La sala era un caos. Muebles volcados. Marcos de fotos destrozados. Pedazos de vidrio brillando en el suelo. Fotos familiares partidas como si alguien hubiera querido romper la idea misma de familia.
En medio de todo, Sarah yacía inconsciente. Tenía el cabello rubio pegado a la frente por la sangre, respiración difícil, pero respiraba. Mateo se arrodilló y, con una delicadeza que habría sorprendido a cualquiera que lo conociera, buscó el pulso. Débil. Constante.
Pasos pesados en el pasillo.
La voz de un hombre, arrastrada por el alcohol, lanzaba amenazas que llenaban la casa como humo.
—¡Sé que estás aquí, pequeña basura!
