Cuando Verónica, su prometida, entró en la mansión y se topó con el niño, frunció los labios detrás de su sonrisa perfecta.
—¿Y este? —preguntó con un tono azucarado.
—Me ayudó anoche —respondió Julián, sin apartar la mirada.
—Siempre te gustaron los gestos de caridad —replicó ella, clavando los ojos en Mateo como si fuera un intruso.
La tensión quedó flotando en cada rincón.
Con el paso de los días, el niño se quedó en una pequeña habitación junto a la lavandería. Un techo, una cama limpia, agua caliente: para Julián era algo mínimo; para Mateo, paraíso. Por las noches, el chico se sentaba en el despacho mientras el empresario trabajaba. Miraba los cuadros, los libros, la foto de un niño que ya no estaba.
