—Si hablo, a lo mejor se enoja conmigo…
—Primero vamos a comer. Luego decides —respondió el millonario.
El hambre ganó. Minutos después, el niño estaba sentado en una cocina que parecía de película, devorando pan tostado y huevos como si no hubiera un mañana. Julián, sentado frente a él, lo observaba con una mezcla extraña de curiosidad y ternura, una sensación que creía perdida desde que había muerto su hijo en un incendio años atrás.
—¿Cómo sabías quién era yo? —preguntó.
—Usted está en todos los carteles del centro —contestó Mateo, sin dejar de masticar—. Los que no tenemos nada miramos más.
Esa frase le quedó clavada. Los que no tienen nada miran más.
