—Yo solo no quería que se muriera… porque en la calle ya se muere gente todos los días y nadie lo nota.
Las risas suaves y los aplausos lo envolvieron. Julián le puso una mano en el hombro.
—Por eso —añadió—, prometo algo delante de todos: ningún niño que pase por estas puertas volverá a dormir bajo un toldo, ni a tener que gritarle a un adulto para que crea que su vida importa.
Los aplausos fueron largos, cálidos. No sonaban a espectáculo, sino a alivio.
Con el tiempo, el ruido mediático se apagó. La mansión fue vendida, los cuadros repartidos, los recuerdos pesados quedaron atrás. Julián y Mateo se mudaron a una casa modesta con jardín pequeño y paredes blancas que el niño llenó de dibujos.
