—Señor Al-Rashid —dijo con su acento latino—, mi nieta me contó lo del coche. Siempre ha sido así, curiosa, buena con las máquinas. Pero dígame: ¿por qué está aquí? Los ricos no suelen subir a este piso sin una razón.
Wid respiró hondo. No estaba acostumbrado a pedir, siempre a mandar. Pero esa tarde cambió el guion.
—Porque en mis veintiocho años he conocido presidentes, premios Nobel, genios de Silicon Valley… y muy pocas veces he visto un talento como el de su nieta —dijo, mirándola de frente—. Quiero ofrecerle algo que nadie le ha ofrecido hasta ahora: oportunidades a la altura de su capacidad. Tutores, acceso a laboratorios, mentores, una educación que no la limite por su código postal.
