María entrecerró los ojos.
—¿Y qué quiere a cambio?
Wid dudó.
—Nada… —calló un segundo—. O mejor dicho, quiero demostrar algo. Que el talento no es exclusivo de los ricos. Que el próximo gran inventor puede estar viviendo encima de una bodega. Y… quizá también quiero sentir que mi éxito sirve para algo más que comprar coches caros.
Harper, que los escuchaba desde la mesa, intervino en voz baja:
—¿Y si fallo? ¿Y si no soy tan lista como usted cree?
Wid la miró como nunca había mirado a un adulto en una junta.
