No lo sabía aún, pero esa avería en medio de la Quinta Avenida había sido lo mejor que le había pasado en años.
Tres días después, a las cuatro y media en punto de la tarde, Wid estaba de pie frente a la misma bodega. No en su Rolls, sino caminando, traje menos formal, sin escolta visible. Había pasado esas setenta y dos horas pensando sin parar en la niña de las manos sucias y la mente brillante.
Cuando Harper salió de la tienda con una bolsita de arroz y leche para la cena, se detuvo en seco al verlo.
—¿Se le volvió a romper el coche? —preguntó, con una mezcla de susto y humor.
—No, Harper. Mi coche funciona perfectamente, gracias a ti —respondió él, casi sonriendo—. Vengo a hablar con tu abuela. Tengo una propuesta. Una que podría cambiar muchas cosas.
En el pequeño apartamento, el olor a comida casera llenaba el aire. Las paredes estaban cubiertas de fotos familiares y estampitas religiosas. María, la abuela, los miraba con desconfianza y dignidad. Llevaba las manos marcadas por años de trabajo, pero los ojos vivos, inteligentes.
