—Cuando no tienes dinero para cambiar las cosas, aprendes a repararlas —dijo—. Arreglo lo que se rompe en mi edificio desde pequeña. Lavadoras, calentadores, radios. Al final, todo se basa en lo mismo. Rico o pobre, la física no cambia.
Sus palabras le atravesaron a Wid más que cualquier cifra de sus cuentas. Por un instante, recordó su propia infancia en Dubái, rodeado de lujos, profesores privados, colegios carísimos. Siempre pensó que su éxito era solo fruto de su “gran inteligencia” y esfuerzo. Quizá había olvidado algo: las oportunidades que había tenido simplemente por haber nacido donde nació.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, ahora con la voz mucho más suave.
