—Harper Martínez —respondió ella, señalando la escalera de incendios de la que había bajado—. Vivo allí arriba, con mi abuela. Seguramente está mirando por la ventana. Se preocupa cuando hablo con extraños.
Wid siguió la dirección de su dedo y vio una figura mayor escondida detrás del cristal, con la cara arrugada por la preocupación. Y ahí, en ese contraste entre su ático de lujo y ese pequeño apartamento sobre una bodega, algo en su forma de entender el mundo empezó a resquebrajarse.
